Sireno
¿Quieres vivir un siglo? ¡Nada! … es Todo.
Cali, 20 de agosto de 2022
Los ojos azules, demasiado pequeños para su cara larga y ancha, no le cuadran. Debió ser un hombre muy guapo, de esas personas bellas que no se ajustan a ningún catálogo porque un rasgo particular - la nariz aguileña o un lunar sobre la ceja, el mentón demasiado estrecho- los singulariza.
Entonces son bellos raros.
Él fue un bello raro. Alto y fornido.
¿Señales particulares? (Así rezaba la vieja cédula de ciudadanía colombiana: señales particulares). Ojos pequeños y muy juntos en un cara ancha y risueña.
Dionisio Osorio Lentino. Así se llama. Cartagenero. 82 años. Tal vez italianos el abuelo materno o la mamá.
Acaba de hacer dos kilómetros en una piscina de cincuenta metros de largo en el lustroso Hotel Intercontinental de Cali. Hace apenas algunos días resultó el mejor nadador panamericano en su categoría, en el Campeonato Panamericano y Sudamericano Máster de Natación 2022 que se realizó en Medellín.
Ganó en los 100, 200, 400 metros. Quedó de segundo en los 50. Me ganó un cubano. Pero vencí al campeón mundial de la categoría, un gringo, en tres mil metros.
Me cuenta que supo que había ganado cuando al salir del lago, vio las chanclas de su competidor afuera, esperando a su dueño. También estaba rezagado el campeón centroamericano, un cubano, Carlos Arciniegas Rodríguez. El pobre finalmente debió retirarse por hipotermia.
Minutos antes de la competencia, Dionisio casi se queda fuera porque el médico no quería autorizarlo a nadar: tenía la presión alta. Su hermano, Edgardo Osorio (75 años), también un nadador disciplinado, consiguió calmar a Dionisio. Era claro que tenía miedo y el miedo le alteró la presión. El corazón le latía a toda prisa y sentía que no podía respirar. Un poco de meditación. Algunas palmadas confortables. Dos consejos más. Dionisio se serenó y la presión volvió a los rangos normales para su edad.
El miedo siguió allí, pero pudo nadar los tres mil metros en la enorme Guatapé, un embalse artificial de 75 km2, construido a finales de la década de 1970 sobre dos poblaciones antioqueñas: El Peñol y Guatapé.
Y el nerviosismo de Dionisio era explicable: debía recorrer los tres kilómetros por debajo de la 1 hora y 30 minutos, y aunque en sus entrenamientos en el lago Calima conseguía hacerlo en 1 hora y 20 minutos, no estaba seguro de cuán amables serían las aguas de Guatapé. El viento, las corrientes, el frío, cualquier factor, puede arruinar meses de esforzado entrenamiento destinado a reducir unos cuantos segundos en el tiempo de las brazadas. Nunca se sabe. Un parpadeo. Una pequeña e insoportable contracción. Un dolor de dientes. Un calambre. Un temblor. Una rasquiña en la ingle.
Pero lo hizo: recorrió los tres kilómetros en 1:12:47.60.
Su hijo había viajado desde Estados Unidos a verlo competir. Y aplaudió a rabiar a su padre en cada competencia.
Algunos años atrás, sus hijas se lo habían traído de Cartagena a Cali, para tenerlo cerca. Y ahora estaba aquí, en las piscinas del Inter, dándome algunas lecciones de vida y de nado.
La patada que está haciendo es incorrecta. Debes mover las piernas así, me indica.
Y yo obedezco, aunque no entienda exactamente cómo es lo de la patada, un movimiento sútil y refinado por años de maestría en las aguas.
Sospecho que enviudó y las hijas no querían dejarlo solo en Cartagena, en una casa grande -imagino- poblada de fantasmas. Pues Osorio es de la élite cartagenera blanca. Tenía quizás una de esas casas grandes en el centro amurallado que se venden en millones de dólares por estos días, y vienen convirtiéndose en hoteles boutique gracias a la gentrificación express.
Tuvo dos raciones de cáncer. Una cada nueve años, y va a ajustar nueve años más desde la última. El cáncer ha sido puntual. Ojalá no vuelva, pues espero estar aquí 30 años más, dice el aspirante a centenario.
Está dándose vida, me dice, mientras intento aprender el arte de los peces. Y el más grande y viejo de todos me habla de su estrecha conexión con el agua: nadie te da vida, sino uno mismo. Y esto de nadar es lo mejor. Siente cómo el agua te masajea, tensa tus músculos, estimula tu sistema nervioso. Es mi amada, dice, mientras se sumerge y bracea una vez más piscina adentro.
Nadar es vida, insiste cuando se entrega de nuevo a los brazos transparentes de lo que llama su novia.
Y yo le creo al sireno sereno. Nadar obliga a reexaminar la vida, a respirar distinto, a experimentar el cuerpo y encontrar balances.
Imagino que, secretamente, volvemos al útero, al líquido amniótico, a nuestra primera condición subacuática.

Vuelvo a cruzar la piscina y hago algunos cientos de metros en poco más de una hora. Apenas me queda algo de aliento en los pulmones, mientras Dionisio sigue engulléndose el agua a brazadas sin quejarse.
Tengo treinta años menos que Dionisio, y nada nado.
Mi romance con las aguas apenas empieza. Y el de él, con más de 80 años, es profundo e intenso y prolongado: aspira a vivir entre 110 o 120 años. Se morirá nadando, creo.
Yo soy más modesto. Me conformo con mejorar la eficacia de mis brazos y mis piernas al nadar, y la hondura de mi respiración al sumergirme. Más que suficiente para un hombre que padeció una dura infancia asmática.






